Neurodivergencia: aprender a mirar diferente

1.600 millones de personas en el mundo son neurodivergentes. Esta cifra, citada por Neurodivergente & Co, es casi el doble del número de personas diagnosticadas con diabetes. Sin embargo, seguimos hablando poco del tema y, sobre todo, seguimos comprendiendo muy poco lo que significa.
La neuro divergencia no es una moda ni una etiqueta. Es una manera distinta de procesar el mundo. En mi familia, esta palabra llegó a inicios de 2022. Mi hija estaba próxima a cumplir tres años cuando la llevé al médico por una infección urinaria. En consulta lloró desesperadamente, no se dejó examinar y hasta salió corriendo del consultorio. Nada distinto a lo que ya venía pasando en otras citas médicas.
Ese día, el médico que he llamado —nuestro ángel— me pidió que me quedara sola en la consulta. Me hizo preguntas sobre el embarazo y el desarrollo de mi hija. Luego, con prudencia y responsabilidad, mencionó que algunos comportamientos podrían estar relacionados con el Asperger o espectro autista. Fue muy claro en indicar que era solo una orientación, que No estaba diagnosticando.
Yo apenas que apenas medio entendía la palabra autismo. Y en ese momento, además, estaba atravesando un proceso de quimioterapia. Sentí que el mundo se llenaba de diagnósticos inciertos.
Llegó la negación, las opiniones equivocadas, los juicios. Empezaba a resonar Comentarios incluso hasta de una fonoaudióloga meses indicaba que no hablaba porque la consentíamos demasiado. Que "era normal". Que exagerábamos.
Luego de muchos estudios, consultas e incluso habiendo iniciado terapias integrales, aproximadamente en junio de 2022 la Neuropediatra confirmó el diagnóstico : trastorno del espectro autista.
Ya llevamos más de 5 años en este camino, las terapias forman parte de nuestra rutina, pasamos de una negación inicialmente a hoy reconocer que gracias a la terapia se han tenido también avances, iniciamos con 80 horas mensuales y ahora estamos en 46. Cada avance ha sido fruto de trabajo, disciplina y amor.
Pero más allá de las terapias, lo más desafiante ha sido enfrentar una sociedad que aún estandariza lo que considera "normal".
Hace pocas semanas en el parque. Mi hija se me acercó llorando porque unas niñas no querían jugar con ella e incluso cuando me acerque a las niñas me dijeron que no lo hacían porque ella "hablaba raro, que era rara y que les daba miedo". Me pregunté: ¿Qué hemos normalizado como comportamiento? ¿Por qué lo diferente genera miedo?
Le expliqué que sí, ella es diferente. Como todos lo somos. Les pregunté a las niñas si había sido agresiva o grosera. Dijeron que no, solo "rara". Finalmente jugaron. Mi hija, con la dulzura que la caracteriza, decidió darles una oportunidad y como ella misma lo dijo "mamá se dieron cuenta que soy muy especial y amable"
Ese día lloré en silencio. No por debilidad, sino por conciencia. Comprendí que la verdadera brecha no está en nuestros hijos, sino en la falta de educación sobre las diferencias.
La neurodivergencia incluye condiciones como el autismo, el TDAH o la dislexia. No son limitaciones en sí mismas. Son maneras distintas de percibir, sentir y responder al entorno. Cuando comprendemos esto, dejamos de hablar desde la lástima y empezamos a hablar desde el potencial.
Sí, hay retos. Sí, existen barreras en salud, educación y espacios sociales. Pero la barrera más grande es cultural. Es nuestra resistencia a aceptar que no todos procesamos el mundo igual y empezamos en la misma familia.
Como madre, muchas veces me cuestiono si soy suficientemente fuerte. Si la estoy preparando para un mundo que no siempre es amable. Pero tengo claro algo: no quiero educarla desde el miedo. Quiero educarla desde la autenticidad.
Leer, aprender y sensibilizarse no hace a nuestros hijos más vulnerables. Nos hace a nosotros más conscientes.
La inclusión no comienza en las leyes ni en los diagnósticos. Comienza en el lenguaje, en la forma en que explicamos a nuestros hijos que las diferencias existen y enriquecen. Comienza cuando dejamos de preguntar "¿Qué le pasa?" y empezamos a preguntar "¿Cómo puedo entender mejor?".
La neurodivergencia no es un defecto que corregir. Es una diversidad que reconocer.
Si logramos cambiar la mirada, abrimos puertas: a oportunidades educativas, laborales, sociales y humanas. Y quizás, solo quizás, entendamos que el verdadero desarrollo no está en que todos se adapten al mismo molde, sino en que como sociedad aprendamos a no vivir en los moldes.
Porque cuando aceptamos las diferencias, construimos un mundo más justo para todos.
