LO QUE EL CÁNCER ME ENSEÑÓ: UN REGALO PARA MI VIDA

En el marco del Día Mundial de la Lucha contra el Cáncer (4 de febrero), vale la pena detenernos a reflexionar. Según el Global Cancer Observatory (GCO), en 2025 se registraron cerca de 20 millones de nuevos casos de cáncer en el mundo, y se estima que para 2030 la cifra ascienda a 22,6 millones. Si lo ponemos en perspectiva frente a una población mundial de más de 8.200 millones de personas, hablamos de aproximadamente el 0,24 %. Un porcentaje pequeño, pero con un impacto profundo en millones de vidas.
En agosto de 2021, a mis 31 años, fui diagnosticada con cáncer de mama. Curiosamente, esa misma semana había recibido dos noticias maravillosas para mi carrera profesional: un aumento salarial en la empresa donde trabajaba y una nueva oferta laboral que representaba exactamente lo que había soñado y visualizado un año atrás. Todo parecía alinearse… hasta que llegó el diagnóstico.
Recuerdo haberle dicho a una amiga, con crudeza y miedo: "Ahora sí estoy jodida: sin aumento, sin nuevo puesto y, para rematar, enferma". Hoy, al mirar atrás y escribir estas líneas, me sorprende reconocerme como una mujer profundamente afortunada. Suena contradictorio, lo sé. Pero lo creo con convicción: fui parte de menos del 1 % de la población mundial que enfrentó el cáncer como una experiencia de vida transformadora.
Mi diagnóstico fue cáncer de mama grado 2B, una etapa intermedia que permitía iniciar tratamiento oportuno y evitar que la enfermedad se extendiera. No voy a romantizar el proceso. Hubo miedo, rabia, incertidumbre y dolor físico. Días en los que el cuerpo dolía por completo, momentos de tanta debilidad que incluso hablar resultaba difícil. Sin contar el trabajo que representó para mis padres apoyarme mas en las labores de casa y a mi esposo la carga emocional y económica, por que el cáncer no afecta solo a quien lo padece; impacta profundamente a la familia, a quienes aman y acompañan.
Sin embargo, en medio de todo, también llegaron regalos inesperados. Apoyo de personas que no imaginaba, oraciones de desconocidos, gestos de amor y solidaridad que me sostuvieron. Incluso, mientras atravesaba la quimioterapia, acompañé a mi hija en su propio diagnóstico: trastorno del espectro autista. Una palabra desconocida, temida, que llegó en el momento más vulnerable de nuestras vidas.
Como si fuera poco, también enfrenté un proceso de embargo, derivado de haber sido fiadora de personas cercanas que no respondieron. Me sentí defraudada, engañada y profundamente herida. Y aun así, en medio de tantas pruebas, fue cuando más evidente se hizo la misericordia de Dios.
Paradójicamente, fue durante el cáncer cuando más facturé, cuando me atreví a accionar de verdad. Después vinieron mi primer viaje internacional, la compra de mi carro y, más importante aún, una transformación interior profunda. Me di cuenta de que antes solo estaba sobreviviendo. El cáncer fue el medio que me llevó a VIVIR de verdad: a poner límites, honrar mi palabra, dedicarme tiempo, reconocer lo amada y bendecida que soy.
Muchas circunstancias externas siguen ahí, pero cambió mi manera de mirarlas. Hoy vivo en milagros, no porque antes no existieran, sino porque no me permitía verlos.
Mi invitación es sencilla y profunda: decide hoy mirar los milagros que te rodean. Las circunstancias no definen quién eres; son oportunidades para crecer y vivir con propósito. Aún tengo sueños, miedos y procesos de sanación (del cáncer estoy libre, gracias a Dios), pero no busco una vida perfecta. La imperfección es lo que nos impulsa.
Estoy segura de que tú también has librado batallas, heridas que aún duelen. Mi invitación es a reconocer los regalos que cada una te ha dejado y a seguir soñando y accionando. Como escuché en uno de mis podcasts favoritos: "No gana el que nunca se cansa, gana el que decide no detenerse". No para correr hasta agotarte, sino para no detenerte de vivir, de disfrutar tu propósito, de dejar huella.
La vida, en sí misma, ya es el milagro que te permite elegir quién quieres ser y cómo deseas vivir.
