EL ESPEJISMO DEL “POBRE DE LA DERECHA” COLOMBIANA

El siguiente articulo de opinión, no es un impulso a la polarización, más bien, es una reflexión a la conciencia social de todos aquellos que con esfuerzo somos trabajadores y hasta el día de hoy no tenemos casa, no somos jefes, endeudados y cerca de una primera vuelta presidenciales entre otras.
En el complejo laberinto socio-político de Colombia, existe un fenómeno que desafía la lógica tradicional de la estratificación y los intereses de clase: el ciudadano de sectores vulnerables que abraza con fervor las banderas de la derecha política. Aquel que, conviviendo con el salario mínimo o el rebusque informal, defiende con vehemencia las exenciones fiscales a los grandes capitales, la privatización de los servicios básicos y las políticas de mano dura que, irónicamente, suelen criminalizar la pobreza. Este perfil, bautizado coloquialmente en el debate público como "el pobre de derecha", no es un error del sistema; es su victoria cultural más rotunda. Por consiguiente, ¿Cómo logró el modelo económico imperante que sus principales víctimas se convirtieran en sus más fieles guardianes?
Hagamos un ejercicio de las posibles respuestas a la anterior pregunta: 1) por el empleo, 2) por tener una estabilidad, 3) mientras me den trabajo lo respaldo, 4) sin empresa no hay progreso, entre otras.
Para desentrañar esta contradicción en el sur global, resulta fundamental acudir al sociólogo brasileño Jessé Souza. En su análisis sobre la periferia del capitalismo, Souza acuña el concepto del "subciudadano", aquel individuo que es sistemáticamente marginado por las instituciones, pero que internaliza el discurso de que su vulnerabilidad es culpa de su propia falta de esfuerzo moral o de la corrupción estatal, y no de un diseño estructural del mercado.
En Colombia, un país profundamente permeado por la cultura de la "mentalidad de tiburón" y el emprendurismo sin garantías, el trabajador de una comuna de Medellín o de un barrio en Bogotá no se asume como parte de una clase explotada. Como señala Souza, las clases dominantes logran naturalizar la desigualdad haciendo que el oprimido desprecie al que está aún más abajo en la escala social, buscando diferenciarse de él a través del consumo moralizado o la religión. El individuo se convence de que defiende el mérito cuando, en realidad, defiende el privilegio ajeno. La pregunta que nos debemos hacer es ¿Hemos cambiado la solidaridad de clase por un arribismo ético que solo beneficia a las élites?
Parafraseando de Jessé Souza "La genialidad del capitalismo periférico consiste en hacer que el oprimido crea que su exclusión es un fracaso personal y no un resultado del sistema".
Por otro lado, esta desconexión entre la realidad material y la ideología política encuentra una explicación complementaria en el concepto de hegemonía cultural desarrollado por el pensador marxista Antonio Gramsci.
Gramsci argumentaba que las clases dominantes no solo gobiernan mediante la fuerza coercitiva del Estado, sino a través del consenso, logrando que sus valores, prejuicios y visiones del mundo sean adoptados por las clases subalternas como el "sentido común".
En este sentido, en Colombia, la derecha ha sabido instrumentalizar con maestría este sentido común gramsciano a través de dos elementos transversales: el miedo al comunismo (alimentado por décadas de conflicto armado interno y el espejo de la crisis venezolana) y la defensa de la fe tradicional. Así, el ciudadano empobrecido prefiere votar por el candidato que promete proteger la propiedad privada, aunque el votante no sea dueño ni del techo donde duerme, antes que apoyar reformas sociales que aliviarían su propio bolsillo. Entonces ¿Hasta qué punto el miedo colectivo y el discurso del enemigo interno nos han vuelto incapaces de votar en favor de nuestra propia dignidad material?
A partir de este escenario, es necesario sembrar preguntas incómodas en el debate nacional: ¿Puede considerarse libre la elección política de un ciudadano cuyo acceso a la educación está condicionado por los monopolios mediáticos de los mismos grupos económicos que financian las campañas electorales? ¿Por qué en Colombia el reclamo legítimo por derechos básicos como salud, educación y pensiones dignas sigue siendo catalogado por un sector de la población desfavorecida como "castrochavismo" "comunista" "guerrilleros" "apaches" o pereza ciudadana? ¿Cómo se deconstruye el relato del mérito en un país donde las oportunidades reales de ascenso social están determinadas desde la cuna por el código postal y el apellido?
Finalmente, el "pobre de derecha" en Colombia es el reflejo de una sociedad cuya educación ha sido diseñada para instruir mano de obra dócil, no para formar pensamiento crítico. Romper este bucle requiere entender, en consonancia con Souza y Gramsci, que la pedagogía política no se logra desde la superioridad moral ni el insulto hacia el votante confundido, sino desarmando las trampas discursivas de la falsa meritocracia. El día que el ciudadano de a pie comprenda que defender lo público no es un ataque a la libertad, o comprender que todos podemos vivir, no importando la clase social donde te encuentres, lo que importa es la justicia social, que involucre a todos y que no sea la única garantía de supervivencia, la política colombiana dejará de ser el juego trágico donde los de abajo eligen a los de arriba para que los mantengan exactamente en el mismo lugar. Así que, ¿Estaremos listos para despertar del letargo de la subciudadanía o seguiremos aplaudiendo las cadenas que nos impiden avanzar?
